miércoles, 3 de agosto de 2016

Un Encargo Difícil - Pedro Zarraluki

Benito Buroy Frere llevaba media hora sentado en la sala de espera. Había dejado el sombrero en la silla contigua y de vez en cuando palpaba el forro con la esperanza de que se hubiera secado el sudor. Odiaba volver a ponerse el sombre­ro todavía húmedo. En media hora, Benito Buroy había he­cho todo lo que se podía hacer en aquel lugar. Había hojeado el periódico, había intentado entablar conversación con el policía del mostrador, que no se molestaba en contestarle y le miraba con recelo si le preguntaba por su señora o por cual­quier otro asunto, y había observado, con la curiosidad sin premura de los jubilados, a la mujer que pasaba la escoba ta­rareando una copla de Angelillo.


En aquellos momentos la mujer terminaba con la sala, pero las viejas baldosas estaban tan sueltas que el polvo y has­ta las colillas se habían ido filtrando por entre las juntas. La mujer, acostumbrada probablemente a tan insólito fenómeno, se encogió de hombros. Salió de allí con un amplio y com­placiente suspiro. Benito Buroy se preguntó a dónde iría a pa­rar el polvo que se tragaba aquel piso cada vez que lo barrían.


En eso pensaba cuando se abrió la puerta del despacho y asomó la jeta del comisario. El policía era un hombre torvo, y tan pequeño que daba apuro detenerse a mirarlo. Se dirigía a los demás con la hostilidad propia de las perso­nas incompletas, aunque por lo habitual se sentía satisfecho de sí mismo, y muy en especial de su sentido del humor...


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