jueves, 25 de agosto de 2016

La Tregua de Bakura - Kathy Tyers

Sobre un planeta muerto, una luna habitada colgaba suspendida como una turquesa velada por las nubes. La mano eterna que sujetaba la cadena de su órbita había espolvoreado su telón de fondo aterciopelado de estrellas brillantes, y energías cósmicas bailaban sobre las arrugas del espacio tiempo; cantaban su música intemporal, ajenas por completo al Imperio, la Alianza Rebelde, o sus breves e insignificantes guerras. Pero en aquella insignificante escala humana de la perspectiva, una flota de astronaves giraba alrededor del planeta primario de la luna. Cicatrices de carbono estriaban los costados de varias naves. Enjambres de androides efectuaban reparaciones alrededor de otras. 

Fragmentos metálicos que habían sido componentes fundamentales de naves espaciales, así como cadáveres humanos y alienígenas, giraban con las naves. La batalla para destruir la segunda Estrella de la Muerte del emperador Palpatine había costado enormes pérdidas a la Alianza Rebelde. Luke Skywalker cruzó la rada de aterrizaje de un crucero, con los ojos enrojecidos, pero todavía emocionados por la victoria, después de la celebración de los ewoks. Cuando pasó junto a un grupo de androides, captó el olor a refrigerantes y lubricantes. Sentía todos los huesos del cuerpo doloridos, después del día más largo de su vida. Hoy (no, ayer) se había enfrentado al emperador. Ayer, casi, había pagado con su vida la fe depositada en su padre. No obstante, un pasajero que viajaba en la lanzadera procedente del poblado Ewok, con rumbo al crucero, ya había preguntado si Luke había matado al emperador, y a Darth Vader, con sus propias manos...



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