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La Charca - Manuel Zeno Gandía

En el borde del barranco, asida a dos árboles para no caer, Silvina se inclinaba sobre la vertiente y miraba con impaciencia allá abajo, al cauce del río, gritando con todas sus fuerzas: -¡Leandra!... ¡Leandra!... Era en la montaña, en el seno de las selvas, entre laberintos de brava naturaleza, que parecen peldaños para oficiar en el altar del cielo. -¡Leandra!... ¡Leandra!... Sube, Pequeñín está hambriento... Sube, sube... La voz sacudía el aire y, reflejándose en las laderas, bajaba hasta el lecho del río, en donde se apagaba entre rumores de cascadas y remolinos. En la ribera, en cuclillas sobre una piedra lisa y plana, Leandra lavaba afanosa. Tenía el traje recogido y sujeto por detrás de las rodillas, dejando al descubierto las piernas, que el agua jabonosa salpicaba. Al fin, oyó las voces, miró hacia arriba y descubrió a Silvina.


-¿Qué quieres? -preguntó a un tiempo con el ademán y con los labios. La otra insistía: Pequeñín, el último hijo de Leandra, de bruces en el suelo de la casucha, lloraba hambriento. -Mira -bocineó Leandra, ahuecando las manos junto a la boca-, procura callarlo. -Es que no quiere. -Entretenlo, mujer; aún me queda faena... -Tienes que subir... Le he metido un dedo en la boca y, en vez de chupar, muerde... ¡Anda, sube pronto! Levantándose Leandra de mal talante, dejando que el vestido le cayera sobre las piernas mojadas, hizo apresuradamente un lío de la ropa húmeda y comenzó a repechar una vereda caprina que, muy pendiente, se internaba entre los cafetos de la ladera...


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