sábado, 13 de agosto de 2016

La Antorcha - Marion Zimmer Bradley

La lluvia había estado cayendo durante todo el día; ora con fuerza, ora debilitándose en algunos aguaceros, pero sin detenerse nunca por completo. Las mujeres trasladaron sus ruecas bajo techado, junto al mar, y los niños se agolparon buscando protección en los voladizos del patio, aventurándose unos minutos entre los chaparrones para chapotear en las pozas de ladrillo y regresar al interior llevando sus embarradas huellas hasta el propio mar. Hacia el ocaso, la más anciana de las mujeres que estaban junto al hogar creyó volverse loca con los chillidos y los chapoteos, los ataques de los pequeños ejércitos, los golpes de las espadas de madera sobre escudos también de madera, los cambios de bando de los contendientes, los gritos de muerto y herido cuando quedaban fuera del juego.


Era demasiada la lluvia que seguía cayendo por la chimenea para que pudiera cocinarse como es debido. Al concluir aquella tarde invernal se encendieron fuegos en los braseros. Cuando la carne y el pan cocidos empezaron a exhalar su aroma, uno tras otro acudieron los niños y se acurrucaron como cachorros hambrientos, husmeando ruidosamente y disputando todavía a media voz. Poco antes de cenar apareció un huésped en la puerta: un vate, un vagabundo cuya lira sujeta a su hombro le aseguraba en todas partes acogida y alojamiento excelentes. Tras haber comido y después de bañarse y ponerse ropa seca, el vate eligió para descansar el lugar reservado al más grato de los huéspedes, cerca del fuego...


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