domingo, 3 de julio de 2016

Ir tirando - Philip K. Dick

Era la primera vez que hacía ese viaje. Había vivido en Los Ángeles durante casi nueve años, pero nunca había tomado la Autopista 99, la ruta interior más rápida a San Francisco, casi ochocientos kilómetros al norte. Tan pronto como dejó atrás las últimas estaciones de servicio, los cafés y algunas casas aisladas, la autopista se dirigió en línea recta hacia las montañas; de repente, se encontró inmersa en una compacta aglomeración de coches y camiones que circulaban a toda velocidad — una ojeada al velocímetro la informó de que corría a unos ciento cuarenta kilómetros por hora— a través de una brecha practicada en las primeras estribaciones montañosas. Ante ella se alzaban las montañas; su aspecto era triste y desolado.

Seguro que nadie vivía allí. Los camiones Diesel la adelantaban por ambos lados; los conductores, desde lo alto de su cabina, le dedicaban el acostumbrado vistazo desdeñoso e indiferente que tanto la enfurecía. Y después doblaban la curva y se perdían de vista.

«Señor», pensó. Sus manos, aferradas al volante, estaban blancas y húmedas. El estruendo de los camiones aún resonaba en sus oídos.
—Corren bastante —le dijo a Gregg, que se sentaba a su lado.
—Sí —respondió él con el mismo tono. Ambos eran conscientes de su insignificancia. Habían sido reducidos al tamaño de motas de polvo. Tres camiones más les adelantaron mientras compartían suinquietud...




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