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Heliconia primavera - Brian W. Aldiss

Así fue como Yuli, hijo de Alehaw, llegó a un lugar denominado Oldorando, donde sus descendientes medrarían en los días mejores por venir. Yuli, virtualmente un adulto, tenía siete años cuando se agazapaba junto a su padre bajo una tienda de piel y miraba allá abajo la aridez de unas tierras conocidas ya entonces como Campannlat. Había despertado de un ligero sueño con el codo del padre en las costillas y la voz áspera diciendo: —Se acaba la tormenta.

El vendaval había soplado desde el oeste durante tres días, trayendo nieve y partículas de hielo de las Barreras. Llenaba el mundo de aullante energía; lo transformaba en una oscuridad blanco-grisácea, como un vozarrón que ningún hombre podía resistir. El saliente en que habían instalado la tienda apenas la protegía contra lo peor de la tormenta; padre e hijo sólo podían quedarse donde estaban, bajo la piel, dormitando, masticando de vez en cuando un trozo de pescado ahumado, mientras la tormenta golpeaba alejándose por encima de ellos.

Cuando el viento cesó, la nieve llegó en rachas, retorciéndose en torbellinos plumosos que se estremecían sobre el paisaje gris. Aunque Freyr estaba alto en el cielo —pues los cazadores se encontraban en el trópico— parecía colgar como un sol congelado. Arriba las luces ondulaban en sucesivos chales de oro cuyos flecos parecían tocar el suelo y cuyos pliegues se alzaban hasta desvanecerse en el cenit plomizo. Las luces eran débiles y no daban ningún calor.

Tanto el padre como el hijo se irguieron instintivamente, se desperezaron y patearon el suelo con fuerza y agitaron violentamente los brazos contra los macizos toneles de los cuerpos. Ninguno habló. No había nada que decir. La tempestad había amainado. Aún tenían que esperar. Pronto, lo sabían, los yelks estarían allí. No tendrían que vigilar mucho tiempo...

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