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jueves, 23 de junio de 2016

El ejecutivo - Thomas M. Disch

Cuando despertó, tardó cierto tiempo en comprender dónde estaba, hasta que por fin cayó en la cuenta: estaba muerta y enterrada. Cómo lo sabía, qué sentido la informaba de ello, lo desconocía. No era la vista física ni ningún análogo espiritual suyo, pues, ¿cómo va a haber visión donde no entra la luz? Tampoco tenía sensación corpórea en las extremidades ni en el tronco, el corazón o la lengua. Su cuerpo estaba allí, en el ataúd con ella, y en cierto sentido todavía se hallaba vinculada a sus proteínas en desintegración, pero todas estas cosas no las percibía por medio de los sentidos físicos. Tan sólo existía una esfera de conciencia del yo más allá de la cual era capaz de distinguir vagamente ciertos elementos esenciales de la tierra que la aprisionaba: una masa densa, húmeda e intrincada atravesada por constelaciones de anhelos avanzando, nódulos de intensidad contra un resplandor lechoso de apacible transformación bacteriana.

Recordó los versos de su infancia: «Entran los gusanos. Salen los gusanos. Los gusanos juegan al parchís en tu nariz». ¿Cuánto tiempo iba a durar aquello? El interrogante se formuló con frialdad, sin desencadenar alarmas. Se suponía que los fantasmas, los fantasmas de que tenía noticia, eran libres de moverse a su antojo. Se decía que volaban, mientras ella estaba sujeta, por algún tipo de gravedad psíquica, a aquel cadáver inerte en que hasta el proceso de descomposición se veía dificultado por las sustancias químicas que le habían sido inyectadas.

Casi al tiempo que se formaba la pregunta, la respuesta existía ya en su esfera de percepción. Su yo pensante continuaría pensando indefinidamente. Eternamente, no. La eternidad continuaba siendo una idea tan insondable y nebulosa como cuando estaba viva. También sabía que no siempre iba a estar confinada en el ataúd de su cadáver, que en cierto momento podría soltarse de su envoltorio de carne para volar en libertad como los demás fantasmas. Pero ese momento todavía no había llegado. Por ahora estaba muerta y no le quedaba sino pensar en ello...

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