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Diario de una sumisa - Sophie Morgan

Puede que hubieras salido a atender una llamada de tu móvil cuando reparaste en nosotros, o que, de tener ese hábito, hubieras estado apurando un cigarrillo furtivo antes de regresar al calor del bar. Sea como fuere, hemos atraído tu atención, de pie en un hueco entre los edificios, al otro lado de la calle, no lejos de donde tú estás. No me malinterpretes, con eso no estoy insinuando que sea especialmente deslumbrante, o que lo sea él. Parecemos una pareja normal y corriente que ha salido a divertirse, ni extravagante en el vestir ni escandalosa en el hablar, ni siquiera destacable por lo poco que destaca. Pero algo está fraguándose entre nosotros, una intensidad que te detiene en seco y te empuja a mirar a pesar de que hace un frío que pela y ya te disponías a entrar para reunirte con tus amigos.

Su mano me aprieta el brazo con una vehemencia tan visible incluso desde donde tú estás, que por un momento te preguntas si me dejará una marca. Me ha empujado contra la pared y con su otra mano me tiene firmemente agarrada del pelo, de modo que cuando intento desviar la mirada —¿para pedir ayuda?— no puedo. No es un hombre especialmente grande o corpulento, de hecho, probablemente lo describirías como un tipo anodino en el caso de que te tomaras la molestia de describirlo. Pero algo en él, algo en nosotros, hace que te preguntes por un momento si va todo bien. No puedo apartar los ojos de él, y la evidente magnitud de mi sobrecogimiento hace que tú tampoco puedas. Le estás mirando atentamente, tratando de ver lo que yo veo. Entonces acerca mi cara a la suya con un brusco tirón de pelo que te obliga a avanzar instintivamente unos pasos para intervenir, hasta que esas historias de los diarios sobre buenos samaritanos que sufren una muerte chunga invaden tu cerebro y te detienen en seco.

Más cerca ahora, te percatas de que está hablándome. No puedes oír las frases en su totalidad —no estás tan cerca—, pero sí palabras suficientes para formarte una idea. Porque son palabras evocadoras. Palabras despiadadas. Palabras feas que te instan a pensar que si la cosa va a más, tendrás que intervenir después de todo.

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