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El libro de los cuentos perdidos - J. R. R. Tolkien

El libro de los Cuentos Perdidos, escrito de sesenta a setenta años atrás, fue la primera obra literaria importante de J. R. R. Tolkien y en ella se habla por primera vez de los Valar , de los Hijos de Ilúvatar , los Elfos y los Hombres, de los Enanos y los Orcos y de las t ierras en las que se desar rolla su histor ia, de Valinor , más allá del océano occidental, y de la Tier ra Media, las «Grandes Tier ras» ent re los mares del este y el oeste. Unos cincuenta y siete años después de que mi padre dejara de t rabajar en Los Cuentos Perdidos, se publicó El Silmar illion,* en el que su distante precursor quedó profundamente t ransformado; y desde entonces han pasado seis años. Este Prefacio parece un sit io adecuado en el que comentar algunos aspectos de ambas obras.

Se dice comúnmente que El Silmarillion es un libro «difícil», que acercarse a él requiere explicaciones y guías; y es en este aspecto lo cont rar io de El Señor de los Anillos. En el Capítulo 7 de su libro The Road to Middle-earth [ El camino a la Tier ra Media] , el profesor T. A. Shippey lo acepta como un hecho («El Silmar illion será siempre por fuerza una lectura ardua») y explica el porqué de esta afirmación.

Nunca se t rata con just icia una exposición compleja cuando se la ext racta, pero según Shippey esto ocur re en El Silmar illion por dos razones. En pr imer lugar , no hay en el libro una «mediación» parecida a la de los hobbits (así en El hobbit «Bilbo es el eslabón que une los tiempos modernos al mundo arcaico de los enanos y los dragones») . Mi padre no ignoraba que la ausencia de hobbits ser ía sent ida como una carencia en «El Silmar illion», y no sólo por aquellos lectores par t icularmente encar iñados con los hobbits. En una car ta escr ita en 1956, poco después de la publicación de El Señor de los Anillos, mi padre decía:

No creo que llegase a tener el at ract ivo del S. de los A. : ¡no hay hobbits en él! Repleto de mitología, de una cualidad feérica, y de todos esos «altos peldaños» ( como podría haber dicho Chaucer ) que han gustado tan poco a muchos de mis críticos.

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