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Mono y Esencia - Aldous Huxley

Era el día del asesinato de Gandhi; pero en el Calvario los mirones se interesaban más en el contenido de los cestos que llevaban en su excursión que en el posible significado del acontecimiento, al fin y al cabo harto ordinario, que habían acudido a presenciar. Pese a todo lo que puedan decir los astrónomos, Tolomeo tenía toda la razón: el centro del universo está aquí, no allá. Podía Gandhi estar muerto; pero, sentado ante su mesa en su despacho, sentado a la mesa en el comedor de la comisaría del estudio, Bob Briggs sólo se preocupaba de hablar de sí mismo. -¡Tu ayuda me ha sido siempre tan preciosa! -me aseguró Bob, mientras se disponía, no sin fruición, a colocarme la última entrega de su historia. Mas en el fondo, como yo sabía muy bien y Bob aun mejor que yo, no deseaba realmente ser ayudado. Le agradaba hallarse en un lío y todavía le agradaba más hablar de sus apuros. El lío y su dramatización verbal le permitían verse como todos los poetas románticos combinados en uno: Beddoes suicidándose, Byron fornicando, Keats muriendo de Fanny Brawne, Harriet muriendo de Shelley. Y viéndose como todos los poetas románticos, podía olvidar por un rato las dos fuentes principales de su angustia: el hecho de no tener nada del talento de ellos y muy poco de su potencia sexual. -Llegamos al extremo -:dijo (tan trágicamente que pensé que habría prosperado más como actor que escribiendo libretos de película)-, llegamos al extremo, Elaíne y yo, de sentirnos como... como Martín Lutero. -¿Martín Lutero? -repetí algo asombrado. -Ya sabes: ich kann nict anders. No podíamos... sencillamente no podíamos hacer otra cosa que irnos a Acapulco. Y Gandhi, reflexioné yo, no pudo hacer otra cosa que resistir la opresión sin violencia, ir a la cárcel y finalmente ser asesinado. -Así estábamos -continuó Bob. Tomamos el avión y nos fuimos a Acapulco. -¡Por fin! -¿Cómo, por fin? -Hacía mucho tiempo que pensabas en ello, ¿no? Bob pareció molesto. Pero yo pensaba en las anteriores ocasiones en que me había hablado del problema. ¿Había o no de hacer de Elaine su amante? (Este era su modo, maravillosamente anticuado, de exponer el asunto.) ¿Debía o no pedirle a Miriam que aceptara el divorcio?... 


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