domingo, 5 de julio de 2015

Derrida en 90 Minutos - Paúl Strathern

«Nada amo más que recordar y que la memoria misma» afirmó Derrida en remembranza de su buen amigo el filósofo Paul de Man, que había fallecido recientemente. Pero, a la vez, confiesa Derrida: «Nunca he sabido cómo contar una historia». Estos dos rasgos están lejos de ser contradictorios para el autor. Como dice de sí mismo: «Pierde la narración precisamente porque conserva el recuerdo». La imagen sigue siendo «legible»; al incorporarla a una «historia» se desdibuja inevitablemente su legibilidad y se impone una interpretación. Hasta aquí, todo va bien, de modo que la sorpresa llega al descubrir que la semblanza subsiguiente no contiene ni una sola imagen de su amigo, y en absoluto un recuerdo suyo. Ni que decir tiene que no hay ni siquiera un indicio de historia acerca de él, pues eso impondría una interpretación. Sin embargo, todo este «recordatorio» está dedicado a interpretar los logros intelectuales del amigo. Según sus propias palabras, Derrida «dialoga oblicuamente» con la obra de De Man, interpretándola oscuramente mediante «una explicación prudente» y «una batería de actuaciones representativas» a cargo de personalidades como Heidegger, Austin, Hölderlin y Nietzsche. Toda aproximación clara, de sentido común, a la obra de Derrida trabaja, por tanto, con una severa desventaja. Peor aún, va completamente en contra de la intención del autor. De modo que es justo advertir al lector de que mi intento de alcanzar claridad en la descripción que sigue de la vida y la obra de Derrida sería visto por este como contraproducente e indefectiblemente sesgado. El ingenio, por otra parte, está sin duda permitido. Derrida es un decidido partidario de los chistes, las agudezas y el humor, aunque hemos de sufrir un nuevo revés, pues se trata de un humor intelectual es pecíficamente francés, que deriva de aquella tradición modernista del arte y el pensamiento europeo continental conocida como «el absurdo». Enfrentados a una situación absurda, los inocentes intrusos que viven fuera de este te rritorio intelectual privilegiado suelen reír. Semejante ingenuidad revela un lamentable malentendido. El absurdo es una idea de la mayor seriedad. Ocurre algo parecido con el humor de Derrida. No es cosa de risa. No es divertido (salvo para intelectuales franceses). Tal humor no se hace con el fin de provocar la risa. Aunque Derrida comparta con Woody Allen sus antecedentes judíos, no puede decirse lo mismo, ni en lo más mínimo, en cuanto a un humor común. Otra cuestión es si es el hipocondríaco de Manhattan o, por el contrario, el gran inte lectual parisino quien mejor ilumina nuestra varia humanidad, quien es más «serio».



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